Reflexiones desde la impotencia

Nos causa estupor leer los datos de los muertos e infectados. Así mismo, nos impacta darnos cuenta que, efectivamente, vivimos en un país de notarios; todo el mundo sabe y analiza los datos, pero nadie actúa de manera coherente en la prevención.
Parece que ahora es el momento de empezar a poner negro sobre blanco, datos y comentarios inquisitivos sobre cómo se ha llevado la gestión de la pandemia.
No sé si pensar que empezamos a barruntar las próximas elecciones. Esto hace que, ese pacto no escrito de no agresión vaya diluyéndose cual azucarillo.
Parece que ya es el momento de dejar de ser buen ciudadano y comenzar a empujar pidiendo explicaciones. Curiosamente, estaría mucho mejor haberlas pedido con antelación y ahora hablar de números mucho menores de ausentes.
Quizás se debería haber exigido una mayor profesionalidad y un mayor nivel de seriedad a la hora de aplicar medidas preventivas en las áreas que, sabiendo de su valentía, no podemos más que aceptar que para eso están preparados, tanto en conocimientos como en material, eso sí, escaso.
Peor lo han llevado y lo llevan las residencias de mayores y dependientes, donde las trabajadoras tienen una formación suficiente para el trato humano con los residentes, pero no están preparadas para afrontar una situación tan crítica como la que estamos viviendo. Esto sí que es encomiable y digno de alabanza. Sin conocimientos técnicos, ni material, ni recursos humanos suficientes, desarrollan una labor que alguien debería de agradecer, por ejemplo, con un buen convenio colectivo donde se reconozca su trabajo y dedicación.
Es fácil hacer análisis desde la distancia y sobre todo desde los datos. Lo que realmente denota y hace al ser humano digno es la capacidad de anteponerse a las desgracias tomando medidas arriesgadas para paliar males mayores. Tomar riesgos en aras de un bien común, es más dignificante que gastarse la pasta en coladeros asiáticos.
Tenemos y teníamos base suficiente para el autoabastecimiento, pero no, es mejor traer y comprar allí donde se manejan comisiones y primas por volumen, sin discutir precio. Total, pagamos a “escote”.
Ahora sí, ahora es el momento de exigir a los demás que hagan aquello que nosotros, los políticos, no hemos querido hacer. Apelamos a la responsabilidad, justo eso que al ciudadano “normal” le sobra. Queremos que todos hagan el trabajo por el cual nos pagan y, por cierto, demasiado bien para el resultado.
Dice el dicho que una vez muerto el perro se acabó la rabia. Pues bien, aquí todavía el perro está vivito y coleando, pero, parece que ya nos lo hemos cargado.
Ya solo pensamos en la recuperación económica. Esa recuperación que otros no van poder vivir por su ausencia, debida a la repercusión económica en la que nos han ido metiendo de manera progresiva y sin distinción de colores políticos.
Ahora es el momento de hacer memoria y pensar si, hubiésemos hecho esto o lo otro. Pero lo triste es que, en cuanto se pase la situación y volvamos a la bien definida normalidad, el sistema nos espera con fuerza y ganas para recuperar todo lo que ha perdido y no está dispuesto a asumir.
Recuperar lo perdido, es imposible. No tenemos el don de devolver a la vida las vidas perdidas. Es por esto que desde Gipuzkoako Senideak hacemos un llamamiento para que, como venimos denunciando, sin éxito desde nuestros comienzos, nos replanteemos el tipo de sociedad que queremos para, no solo, nuestros mayores sino también para todos los ciudadanos.

Se nos llena la boca de solidaridad, pero es un concepto muy mal entendido, o lo que es peor, nos han inculcado una acepción que no es la correcta.
Somos como animales que solo piensan en sí mismos, no tienen empatía. Estamos esperando el más pequeño resquicio para comportarnos como auténticos egocéntricos.
Hay más gente que ve la oportunidad que los que ven la necesidad de aprender de lo acontecido.
En absoluto estamos ciegos a la realidad de la situación. Sabemos que hay mucha gente que es solidaria, pero también sabemos que esa gente no es el número suficiente para además de ejercer exigir responsabilidades a quienes tienen por contrato esa obligación.
Es interesante como se contabilizan los datos de muertos, infectados, sancionados, apercibidos, controlados, detenidos, etc., etc.
Pero quién ha pensado en las personas que han tenido y tienen que pasar un trago amargo sin la compañía de los suyos. Que ocurre, no podemos pensar que a lo mejor los suyos están dispuestos a arriesgarse a tener ese contacto y acompañar hasta el último momento.
Claro, el riesgo de contagio es real. Sí, pero no sería tan efectivo si tuviésemos los materiales aislantes y preventivos necesarios para poder hacer esos acompañamientos de forma segura.
En fin, que vamos a decir, si no ha sido así ni en los centros médicos.
Seguimos siendo individuos que nos mueve el marketing facial. Es muy importante la imagen que proyecto, más allá del resultado de mis actos. Necesito notoriedad, puesto que eso capta votos.
El resultado de mis actos siempre está circundado por el contexto, quien no lo entiende como yo, es porque lo saca de contexto. Y así, hasta el infinito.
Ahora se piden y se van a pedir, mesas y comités de análisis. Ahora se van a ver las cosas que se han hecho mal y se van a pedir explicaciones. Por cierto, unas explicaciones que para algunos ya, llegan tarde. Pero no importa, constituiremos comisiones y grupos de estudio y análisis para alimentar a los propios y ajenos.
Resumiendo, a buenas horas mangas verdes. Queremos ser positivos y esperamos que de todo esto alguien haya aprendido la lección. Una lección que nos está costando mucho sufrimiento, y el que nos queda por delante.
Volveremos a oír auténticos alegatos filosóficos en los discursos preelectorales, justamente, todo aquello que sabemos los ciudadanos normales, que se va a incumplir en el momento de la toma de posesión.
Pero, no nos queda otra, si no participamos no somos buenos ciudadanos, si nos quejamos, hacemos ruido disonante, si exigimos, no es el momento adecuado, si lo hacemos con antelación en previsión de cuestiones futuras, no estamos capacitados o lo que es peor, somos comparsas de mentes superiores, y así, sin fin hasta terminar con nuestra paciencia.


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